martes, 14 de abril de 2015

Ruleta.

Siempre que me propongo como meta crear algo, suelo darle un titulo cuando quedo totalmente conforme de que el contenido refleja exactamente (o aproximadamente) lo que yo quiero mostrar. 

Pero está vez no. Si cierro mis ojos lo único que veo es una ruleta, soy yo la que permanece en el medio. Esa ruleta gira tan rápido que no puedo reaccionar, trato de visualizar todos los espacios en blanco que hay aquí, no hay un sitio que no acelere la velocidad segundo tras segundo. 
Es una trampa dulce y letal, me tiene confundida, paralizada, quiero llorar porque tengo miedo, pero no tengo el tiempo suficiente para demostrar debilidad. 
Espero los minutos, las horas, los días hasta que esto se haga cada vez más pausado y yo sigo ahí en el medio. Veo la oportunidad y me largo a correr contra uno de los huecos que me brinda como esperanza está ruleta, pero lo que observo es que del otro lado, en cada hueco hay un sentimiento y un nombre. Doy media vuelta de está manera camino hasta el otro extremo, lo veo a él, noto que es del único lugar que entra un poco de luz, siento una sensación cálida que me abraza y simplemente ya no quiero abrir los ojos ni quiero seguir aquí adentro. 
Creo haber pasado tantos minutos en ese trance que ya ni me acuerdo por la cual es tan importante salir, o quizás sea una prioridad dejar de ser el centro de está ruleta. Hay alguien que me está esperando, que desea con todas sus ansias poder ayudarme a salir, es que no sé si ahora quiera salir de esté sitio. Sé que es la oportunidad que tanto estoy esperando, pero sé que las historias terminan y darle un comienzo a esa dicha, sería atreverme a pensar en una fecha final. Sería acostumbrarme a la presencia de una ausencia que me dejaría totalmente vacía. 
Retrocedo diez pasos, me alejo lo suficiente de esa ventana con esa preciosa luz, estoy tan hundida en está oscuridad que empiezo a sentirme desolada otra vez.
Ahí va mi primer error, una chance perdida y la energía necesaria para que la ruleta empiece a tomar más fuerza fue desperdiciada. 
Días tras días y no he vuelto a ver ni siquiera un rayo de sol, fuera de esté circuito solo hay tormentas, los truenos caen tan cerca que cada vez estoy más aturdida y asustada. La soledad es una buena compañera solo cuando la queremos, pero muy mala consejera cuando sólo hay confusión. 
Nunca pensé sentirme así de hundida, sentada en lo más profundo de un abismo y rodeada de una ruleta que pocas veces me dejo en claro si me está protegiendo o me está arruinando silenciosamente. En un minucioso instante de silencio mental, una frase tan deliciosa invade mi mente

"Quien no está preso de la necesidad, está preso del miedo: unos no duermen por la ansiedad de tener las cosas que no tienen, y otros no duermen por el pánico de perder las cosas que tienen..."

"Pánico" se repite en mi mente, "pánico" una y otra vez... ¿Será eso lo que bloquea mis ganas de ser libre? ¿Pánico de errar y lastimar? ¿Pánico de perder todo lo que hoy me abraza? Pánico de protagonizar mi propia novela, puedo entender hoy, que es eso.
Pasan semanas, hasta que está ruleta vuelve a tomar un ritmo más apaciguado, empiezo a caminar hasta esa grieta que permite a la brisa chocar con mi rostro, está ahí nuevamente, esa luz, ese calor tan familiar y está vez no lo dudo, simplemente no lo pienso y huyo de esa maldita ruleta que me condenaba a un dulce olvido, a un error inminente. 
Él está ahí, se acerca a mi, me toma la mano y me aleja de aquél sitio, aunque por más que caminemos lo más lejos que podamos, la ruleta va a estar siempre invitándome a pasar. Esa invitación sutil que te atrapa sin un previo aviso. Pronto alejo cualquier pensamiento que me traslade a un futuro incierto. 
Camine de su mano meses hasta llegar a un puente que al cruzarle se abren distintos caminos. Me hace elegir el sendero que más quiera, me suelta la mano y comprendo que elija el camino que elija, al final hay una ruleta y una salvación para mi. 
Mi salvación, mi luz, mi ruleta. Siempre él. 

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